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Articulo Rainmaker completo


aqui les mando el articulo completo sobre el nuevo rainmaker
que aparecio.
 
abrazos
nelson
 
***************

Desesperados por la sequía, productores bonaerenses pagaron 50 mil pesos. Y juran que funcionó.

En el campo contrataron a un fabricante de lluvia

No es un invento argentino, aunque hubo compatriotas famosos. Se los conoce en el mundo como rainmakers. Este año apareció uno en Ramallo y en San Pedro. Creer o reventar.

 
 
 
Leonardo Mirenda, desde Ramallo
10.02.2009

Rainmaker. Javier Pelourson convoca tormentas. El campo espera y reza.

"Creer o reventar", repiten los chacareros en el bar de la Cooperativa Agrícola de Ramallo. No hablan de los subsidios oficiales al campo ni de las retenciones ni de guerras gauchas, pasadas o inminentes, sino de la experiencia que vivieron con Javier Pelourson, remisero en Pergamino como trabajo rutinario y "cazatormentas" en los campos como don extraordinario. "Creer o reventar" significa que lo contrataron por la pavorosa sequía y luego llovió. Lo mismo había ocurrido con productores rurales de San Pedro y de Rivera (ver aparte). El mito de los hacedores de lluvia no es argentino –aunque hubo uno muy famoso– sino que se conoce en el mundo por su nombre inglés: rainmakers, y con más o menos parafernalia presuntamente científica enlazan con la antigua tradición de los brujos indios. Pelourson es hermético respecto de la técnica que aplica. Dice, en entrevista con este diario, que tiene "un don". Nadie confirma la cifra, pero es vox pópuli en Ramallo que por su "don" cobra 50 mil pesos cada trabajo.

Créase o no, en la Argentina 2009 hay asambleas del campo que apuran medidas de fuerza y en un aparte debaten respecto de contratar o no al cazatormentas de 38 años, virtualmente ignorado en su pueblo de origen, Pergamino, donde tienen tendencia a catalogarlo como "charlatán".

En su blog, dentro de la página Pergaminovirtual, se presenta así (la sintaxis le pertenece): "Este método es una fórmula metafísica que la utilizo exclusivamente sin depender de nadie, cuando la aplico sobre la tormenta desactivo los núcleos que la forman y alimentan, por lo tanto elimino la posibilidad de que se genere algún fenómeno en un alto porcentaje. ¿De qué se trata este método? Se lo voy a explicar en pocas palabras y con ejemplos. Esta fórmula tiene que ver con la creencia y la fe; le doy 2 ejemplos: A) una persona por intermedio de la fe puede rezar un salmo para contrarrestar una tormenta, puede hacer tres cruces en la tierra o una cruz de sal. B) En mi caso poseo una capacidad que puedo intervenir directamente en la tormenta de manera efectiva y voluntaria con resultados muy satisfactorios. Por este motivo he decidido promocionarlo en lugares donde se producen estos fenómenos para poder seguir perfeccionándolo y demostrar cómo funciona y los buenos resultados que tiene".

–¿A usted lo contrató la Cooperativa Agrícola de Ramallo?

–Exactamente. Esto viene a raíz de demostraciones que se habían hecho en la ciudad de San Pedro. Nos reunimos el 7 de enero y llegamos a un acuerdo en el cual en enero tenía que llover 50 milímetros, en febrero 50 milímetros y en marzo 50 milímetros. Por supuesto que estos 50 milímetros eran para dar una base a mi trabajo y el método que utilizo y por ahora, por suerte y más allá de la disparidad, han caído más de 50 milímetros. Yo tomo como referencia la cantidad de agua caída en la ciudad, y en Ramallo ha sido de 60 y algo similar en San Pedro.

–¿Cuál es el método que se utiliza?

–Hace diez años descubrí que tengo un don, una energía que me permite reducir fenómenos como los tornados, el granizo y la sequía. Estuve cinco años para comprobar y perfeccionar este método y lo hice en diferentes circunstancias. Me baso exclusivamente en la información del Servicio Meteorológico Nacional, esto no es imaginación mía.

–¿Cómo es el cruce de energía y la información que toma del Servicio Meteorológico?


–Todos conocen que los pronósticos están errando, entonces es cuando uno tiene que hacer su trabajo tomando el pronóstico meteorológico nacional para darle credibilidad al trabajo.

–¿No le preocupa, cuando usted está intentando hacer llover, algún tipo de descontrol de la lluvia?


–No. Acá no hay una máquina o algo así, acá es cuestión de creer. No quiero entrar en especulaciones con gente que haya sufrido algún fenómeno. El método que yo tengo es para crear tormentas, pero es la naturaleza la que decide. Esto tiene que ver con la creencia a partir del método.

–¿Esto es sobrenatural?

–Sí, se puede decir que es sobrenatural.

–¿Es costosa la contratación del servicio que usted presta?

–Con respecto a esto siempre digo lo mismo, queda en el ámbito de lo privado. Se vienen épocas muy terribles. Muchas épocas he reflexionado porque me ha tocado tener esta función. Pónganse a pensar las consecuencias del cambio climático. Si no hay cultivo uno no se puede alimentar, así que me gustaría que entiendan lo valioso que es este método. Quiero valorar lo de esta cooperativa porque sé que a ellos les puede generar desconfianza e incredulidad por parte de los entornos. Hasta ahora gracias a Dios todo está saliendo bien.

En el Ford Fiesta que utiliza para trabajar como remisero, Pelourson conduce al cronista hasta la entrada a un campo de soja. Con criterio de productor periodístico, propone que las fotos se hagan allí. Hace tomas con anteojos Rayband para el sol y pregunta amablemente si se necesitan, también, a cara descubierta.

Pelourson conoce de memoria las historias del norteamericano Hatfield y del argentino Baigorri Velar (ver columna de opinión). "Fijate en internet y buscá fabricantes de lluvia", desafía.

Afirma que tuvo contacto con agencias de seguros y que muchas le han pedido pruebas, pero "a esta altura, hace diez años que estoy en esto, no estoy para hacer pruebas. Me contratan y listo, no estoy para hacer pruebas –repite–, acá no hay magia, ni ninguna máquina".

Finalmente promete el envío de un DVD para que la gente de Ramallo y la zona pueda ver cómo frenó una tormenta de dimensiones en Pergamino.

Consultado respecto de por qué nadie lo contrata en la ciudad, apela a la Biblia y responde: "Nadie es profeta en su tierra".

OPINÓN

No se ría, estos tipos son cosa seria

Alejandro Agostinelli (periodista, autor del blog Magia Crítica en www.criticadigital.com)

Que nadie se vaya a reír de Javier Pelourson, el cazador de tormentas de Pergamino. Que nadie se ría, porque tendrá que vérselas conmigo. Su actividad es parte de una tradición rica en personajes, historias y prodigios. Porque el de pluvicultor, o rainmaker (hacedor de lluvias), es un oficio tan viejo como la injusticia. Y hay pocas cosas tan injustas como el reparto de los aguaceros. Cherokees, navajos y anasazis celebraban danzas rituales para atraer el espíritu de antiguos jefes tribales capaces de provocar lluvias y expulsar espíritus malignos. Un compañero de Sigmund Freud, el psicoanalista austríaco Wilhelm Reich (1897-1957), creyó en una fuerza universal que liberaban los orgasmos sexuales, la "energía orgónica". Inventó un cañón, el acumulador de orgones, que "generaba y destruía nubes para arrancar lluvias a voluntad". Cuando Reich descubrió que el artilugio atraía platos voladores comenzaron los problemas: sus ocupantes, una despiadada raza extraterrestre, espiaba sus actividades.

La primera generación de rainmakers brotó durante las sequías que asolaron el lejano oeste, a principios del siglo XX. En 1871, Edward Powers sistematizó el arte de hacer llover en su libro La ciencia de la pluvicultura (1871). Charles M. Hatfield (1875-1958), un vendedor de máquinas de coser, se atrevió a aplicar sus recetas. Pese a que tuvo tantos éxitos como fracasos, la sequía erigió a Hatfield y a sus acólitos en la única esperanza. En 1916, la ciudad de San Diego organizó una colecta para pagar los diez mil dólares que Hatfield exigía a cambio de un buen chaparrón. El pionero, que evaporaba una mezcla química secreta en grandes tanques, levantó una torre para acercar su acelerador de humedad a las nubes. Durante diez días, una lluvia torrencial desbordó el río, arrastró varios puentes y reventó dos represas, que liberaron una tromba de agua que ahogó a veinte personas. La inundación arrasó ganado, torres eléctricas y los canales que abastecían de agua a San Diego. Al tiempo, los rainmakers reclamaron el pago: si la ciudad no estuvo a la altura de la hazaña, ellos no tenían la culpa. Pero la gente buscaba a Hatfield para lincharlo. El municipio le ofreció 4.000 dólares si se hacía cargo de los daños, 3,5 millones de dólares. Al final, un juez decidió que el diluvio fue "un acto divino". Claro: Dios sale barato.

Buenos Aires tuvo su Hatfield, el ingeniero Juan Baigorri Velar. En el altillo de su casa en Villa Luro, Baigorri atesoraba una máquina con dos perillas. La "A" provocaba tornados y ciclones, la "B", lluvias intermitentes. Según el inventor, el prototipo desataba un vendaval de ondas electromagnéticas que atraía las nubes. La gran historia –desenterrada por el periodista Juan Pablo Cozzani– comenzó el 2 de enero de 1939, cuando su principal detractor, Alfredo Calmarini, director del Servicio Meteorológico, lo desafió a producir un chubasco. Baigorri entregó una nota al primer diario Crítica. "Como repuesta a la censura, regaló una lluvia a Buenos Aires el 2 de enero de 1939. Firmado: Ing. Baigorri Velar." En un alarde de ironía, le dejó un paraguas a Calmarini "para el 2 de enero". Esa tarde, en tipografía catástrofe, Crítica tituló: "Como lo pronosticó Baigorri, hoy llovió".

En 1975, la psicóloga Ellen Langer bautizó al efecto detrás de estos fenómenos como "ilusión de control", que es la tendencia humana de atribuir a hechos casuales acciones propias. Es la tentación de dar sentido a las coincidencias. Ni más ni menos.

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Por Nelson 22 - 10 de Febrero, 2009, 21:47, Categoría: General
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