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Impresionate - Los remedios de la ABUELA - Virtudes del AJO DOS -

 
Hoy que estamos nostalgicos, recordemos a la abuela...
 
L a s   v i r t u d e s   d e l   A j o

Extrado del  del libro:
Los remedios de la abuela

por Jean Michel Pedrazzani

Se dice que lo primero que hizo el abuelo de Enrique IV tras el
nacimiento del futuro rey de Francia, fue frotarle los labios con un

diente de ajo antes de untárselos con algunas gotas de jurançon,
un vino blanco de Béarn fuerte y oloroso. El viejo cumplía así con
una muy vieja costumbre destinada a proteger al recién nacido
contra los malos espíritus. Pero, al mismo tiempo, le hacía tomar
su primer fortificante y su primer vermífugo.
Ya que éstas son dos de las más importantes propiedades de esta
liliácea, que posee también muchas otras.
Si hay que creer a Robert Landry, es a los chinos a quienes
corresponde el mérito de su descubrimiento, puesto que el ajo
sería originario de Djungaria, en el Asia Central. Sea como sea,
su uso intensivo se ha extendido desde la más remota antigüedad
por toda la cuenca mediterránea, que continúa, observémoslo de
paso, consumiéndolo abundantemente.
Los egipcios lo habían elevado al rango de una divinidad. Trenzaban
con él collares, que suspendían inmediatamente al cuello de sus hijos
para protegerlos de las lombrices intestinales. Se dice que Keops
hizo distribuir abundantes raciones de él entre los esclavos que
construían su pirámide, tanto para darles fuerzas como para
protegerlos de las epidemias.
Más curiosa era su utilización, revelada por el papiro de Kahun, para
comprobar si una mujer era definitivamente estéril o no. Tras haber

pelado y limpiado cuidadosamente un diente de ajo de buen tamaño,
el médico lo introducía antes de la hora de acostarse por la parte más
íntima de la anatomía de su paciente. Le bastaba, a la mañana siguiente,
verificar si los potentes efluvios del condimento habían aprovechado
la noche para alcanzar la boca de la consultante. Si éste era el caso,
podía esperar aún a ser madre; si no, debía renunciar para siempre a la
descendencia, y corría así el riesgo de ser repudiada.
Pese a todas sus virtudes, el ajo tiene un defecto capital: impregna de
tal modo las mucosas que es difícil, tras haberlo consumido, librarse
de su olor.
Los antiguos se las arreglaban bastante bien masticando una rama de
perejil o comiéndose a mordiscos una manzana. Hoy en día, una
pastilla
de chicle permite obtener el mismo resultado.
Es este aroma poderoso lo que le valió, entre los griegos, el
sobrenombre de «rosa hedionda», lo que no impidió en absoluto que
los helenos, y en particular los atenienses, lo consumieran
abundantemente, sobre todo en el transcurso de los Juegos Olímpicos,
a fin de darse fuerza y valor, de
doparse en cierto modo.
La misma actitud se halla entre los romanos, los cuales, además,
mezclaban ajo picado en la comida de sus gallos de pelea a fin de

aumentar su agresividad.
Más cerca de nosotros, Carlomagno, en sus capitulares, recomienda
su cultivo. Los monjes se apresuraron a obedecer, y sus jardines
estuvieron abundantemente provistos de él durante toda la Edad
Media, lo que redundaba en bien de su salud y de la de sus visitantes.
Sabiendo esto, y antes de ver los múltiples beneficios que pueden
esperarse de él, veamos primero sus contraindicaciones. Hay que

evitar en efecto tomarlo si uno está afectado por una enfermedad de la
piel como el eccema, cuyas manifestaciones podría agravar. También
hay que evitar dárselo a las mujeres que alimentan a sus hijos, ya que
altera su leche, con lo que podrían provocar cólicos a los bebés lactantes.
Puestas aparte estas dos excepciones, el ajo conviene a todos y tiene
efectos benéficos sobre casi todo. Estimula el corazón, hace bajar la

tensión arterial y activa la circulación de la sangre, facilita la digestión,
se opone a la proliferación de los microbios, hace caer la fiebre, ayuda a
la eliminación de los parásitos y facilita incluso la expectoración, lo cual
le vale el ser considerado como un antídoto del tabaco.
La mejor forma de consumirlo —la más sabrosa además—, es por
supuesto incorporándolo, preferentemente crudo, a las salsas. Se
puede también espolvorear con él las carnes, las piernas de cordero o
los rosbifs. Para incorporarlo a los platos cocidos a fuego lento, Robert
Landry aconseja «echar en la sartén los dientes de ajo sin pelar,
simplemente aplastados
con un puñetazo sobre la mesa de la cocina».
Si se buscan unos efectos más rápidos y profundos, hay otras

preparaciones más específicas que resultan más recomendables.
He aquí algunas de ellas, preconizadas por Jean Palaiseul (op. cit.):
«Para hacer bajar la tensión: un diente aplastado y puesto en maceración
por la noche en un vaso de agua, a beber por la mañana en ayunas».
«Para abortar un catarro nasal: respirar varias veces al día un diente

de ajo aplastado o cortado a trozos...»
«Para facilitar la digestión, suprimir las fermentaciones y los gases
intestinales: una infusión ligera (5 a 10 gramos por litro de agua),

añadiendo un poco de melisa o de angélica, una taza después de cada
comida.»
«Contra las lombrices intestinales y también la hidropesía: dos
veces al día, una decocción de 25 gramos de ajo para un vaso de agua
o de leche (dejar cocer a pequeños hervores durante 20 minutos.»
«Contra la tos ferina, la tos, el catarro bronquial y, en general, las
afecciones pulmonares: echar 250 gramos de agua hirviendo sobre

una cantidad variable de ajo picado (para los adultos, de 50 a 60
gramos;  para los niños hasta un año, 15 gramos; hasta cinco años, 25 gramos; hasta doce años, 40 gramos). Dejar macerar durante doce horas; a
tomar cada dos horas, con las dosis siguientes: una cucharada de café
hasta cinco años, una cucharada de postre hasta doce años, una
cucharada sopera
más allá de los doce años...»

Y finalmente, esta última receta, también de Jean Palaiseul: «Contra la
extinción de la voz: comer un diente de ajo cuatro o cinco veces al día...»

Esto que sigue lo tengo de hace unos cuantos años.
Receta de un fármaco encontrado en 1972 en un Monasterio del Tibet.
350 gramos de ajo triturado se meterá en un tarro de cristal junto con

un
cuarto litro de aguardiente.

El tarro se cerrara herméticamnete y enterrado en nieve, (bueno ahora

lo meteremos en la nevera), lo tendremos por 10 días.
Filtraremos con un colado fino y lo tendremos al frió durante 2 días más.

Listo ya el fármaco lo tomamos para el desayuno, comida y cena con

esta cadencia: Los números son gotas a tomar.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 12, 11, 10, 9, 8,
 
7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, 15, 25, 25
 
y a partir de ahora 25 gotas en cada toma  hasta terminar el fármaco.

Sirve para todo, no os lo creáis eh!, bueno lo que dicen: Mejora el

Metabolismo, disminuye el peso, deshace coágulos, cura el diafragma
miocardio enfermo, la arteriosclerosis, la isquemia, la sinusitis y la
hipertensión no se resisten.

Cura la gastritis, ulceras de estomago, hemorroides, absorbe todo tipo

de tumores, los disturbios de la vista y oído.
La verdad que si uno se cree esto, para que médicos y medicinas. ???

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Por Nelson 22 - 25 de Agosto, 2007, 1:08, Categoría: General
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