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Muy Interesante: DISCOVERY SALUD Celulares

 
Amigos, lean hasta el final y van a sorprenderse de
las investigaciones referidas a este peligroso tema.
Saludos
Nelson
 
 
DISCOVERY SALUD

NUEVO DISPOSITIVO EFICAZ PARA PROTEGERSE

DE LA RADIACIÓN DE LOS TELÉFONOS MÓVILES


                  REPORTAJES

            NUEVO DISPOSITIVO EFICAZ PARA PROTEGERSE DE LA RADIACIÓN DE LOS
            TELÉFONOS MÓVILES

            Un dispositivo denominado Gamma-7-RT parece proteger de las
            radiaciones de los teléfonos móviles según el informe de un grupo de
            investigadores de la Universidad de Alcalá de Henares emitido tras
            examinar las ondas cerebrales de 16 personas sanas antes y durante
            su utilización. Podría ser la solución al peligro que representan
            reconocido por el Proyecto Reflex según el cual el uso continuado de
            móviles modifica el cromosoma celular y el ADN
.
Problema que se
            agravará porque en los próximos meses se prevé la instalación masiva
            de antenas destinadas a dar cobertura a la nueva generación de
            móviles, aún más peligrosas.


            El Bioelectromagnetismo, por increíble que parezca, ni siquiera es
            un área de conocimiento propio integrado en el sistema académico
            español. No hay cátedras, no hay dinero para investigación y, por no
            haber, ni siquiera está claro dónde deben presentar los
            investigadores las tesinas que tienen que ver con los efectos de los
            campos electromagnéticos. A pesar de que éstos preocupan cada día
            más a científicos y ciudadanos. Y con motivos. Porque con la nueva
            generación de móviles UMTS y la próxima instalación de miles de
            antenas la contaminación electromagnética va a multiplicarse
            geométricamente. De hecho, científicos de todo el mundo se cruzan
            estudios sobre los posibles daños en el organismo -especialmente a
            nivel cerebral- algo que los medios de comunicación ocultan porque
            no quieren arriesgarse a quedar al margen del gigantesco pastel
            publicitario que representa el sector.
            Es más, pocas personas se atreven a hablar públicamente del asunto.
            Afortunadamente no es el caso del profesor José Luis Bardasano,
            miembro del Consejo Asesor de Discovery DSALUD, médico, doctor en
            Ciencias Biológicas, especialista en Bioelectromagnetismo, profesor
            de Histología y Anatomía Patológica, ex Director del Departamento de
            Especialidades Médicas de la Facultad de Medicina de la Universidad
            de Alcalá de Henares y actual Presidente de la Fundación Europea de
            Bioelectromagnetismo y Ciencias de la Salud así como del Instituto
            de Bioelectromagnetismo Alonso Santa Cruz y vicepresidente de la
            Sociedad de Investigación y Terapéutica por Electromagnetismo.
            Miembro además del Comité Asesor Internacional para el Estudio de
            los Efectos Biológicos de los Campos Electromagnéticos y coautor del
            libro Bioelectromagnetismo: ciencia y salud (Editorial Mc Graw
            Hill), el profesor Bardasano acaba de concluir una investigación
            efectuada junto a su quipo de trabajo -integrado por Ignacio
            Gutiérrez, Juan Álvarez-Ude y Ramón Goya- que puede contribuir a
            cambiar el futuro de la telefonía móvil. Y es que han demostrado de
            forma incontestable que las radiaciones de los teléfonos móviles
            alteran notablemente los ritmos cerebrales. Paso previo y necesario
            para constatar que existe al menos un nuevo dispositivo capaz de
            proteger al cerebro de esa radiación. Y de forma sencilla porque
            basta colocar una pequeña placa de 80 x 55 x 10 mm y 50 gramos de
            peso en la parte de atrás del teléfono móvil, tan cerca de la antena
            como sea posible, para protegerse. Se trata del denominado
            Dispositivo Protector Neutralizador (NPD) Gamma-7-RT -protegido bajo
            la patente europea EP-0 838 208 A1-, su inventor es el ruso
            Stanislav Denisov y su origen está relacionado con los proyectos
            para usar los campos electromagnéticos en el ámbito de la defensa
            por parte de la antigua Unión Soviética
.
            Pues bien, a fin de constatar científicamente sus propiedades el
            equipo del profesor Bardasano acaba de someter a control a 16
            voluntarios registrando sus ondas cerebrales a través de
            electroencefalogramas, tanto antes de utilizar el teléfono móvil
            como durante su uso, primero sin protección, después con el
            Gamma-7-RT. A continuación utilizaron los más sofisticados métodos
            de análisis matemático-estadístico para analizar los resultados y
            éstos han sido tan concluyentes que el trabajo ha sido seleccionado
            internacionalmente por el Comité Internacional para el Estudio de
            los Bioefectos.
            "Los cambios -nos confirma Bardasano- son estadísticamente
            significativos y claramente favorables hacia la protección de las
            frecuencias cerebrales. Las frecuencias del cerebro reducen su
            velocidad en términos generales eliminando los posibles efectos
            indeseables. Las mayores diferencias se encuentran en las bandas
            delta y theta en el área frontal".
            Para la investigación se utilizó un móvil de 880 MHz-960 MHz con una
            Specific Absorption Rate (SAR) de 0,955 W/Kg. "Actúa a la inversa de
            una antena -nos explicaría Ignacio Gutiérrez, miembro del equipo de
            investigación-- Al igual que las antenas tienen una configuración
            especial que les permite concentrar la señal y focalizarla para que
            puedas ver u oír a través de un receptor este dispositivo hace lo
            contrario: cuando recibe la onda la desestructura consiguiendo que
            llegue debilitada y dispersa al receptor. La filtra".
            En pocas palabras, el estudio realizado en la Universidad de Alcalá
            de Henares demuestra la capacidad del Gamma-7-RT para proteger el
            cerebro durante el uso de teléfonos móviles de tecnología GSM.
            Se trata, en suma, de un paso sustancial en la vía de la protección
            que ya se había iniciado con el desarrollo de dispositivos que
            protegen del aumento de temperatura cerebral que también provocan
            las radiaciones de los móviles. Hace ya algún tiempo el Departamento
            de Física Aplicada E.T.S.A.B de la Universidad Politécnica de
            Cataluña realizó tanto un estudio por termografía de infrarrojos de
            los efectos del teléfono móvil como del efecto compensador de otro
            dispositivo: el Hilefarma. En las conclusiones de aquel estudio
            -realizado y firmado por el profesor Fidel Franco González- puede
            leerse: "Los teléfonos móviles en funcionamiento inducen cambios en
            la temperatura de la personas expuestas a dicha radiación. Sin
            embargo, la presencia de una pieza de metal activado (Hilefarma)
            tiende a compensar el efecto térmico anómalo creado por el
            teléfono".
            Cabe añadir que en la propia introducción del trabajo se confirman
            también los efectos negativos de las radiaciones de la telefonía
            móvil. "Los tejidos cerebrales, como polímeros biológicos que son,
            tienen frecuencias propias de absorción que se encuentran en el
            rango de frecuencias de las microondas. De manera que ante la
            emisión del teléfono no sólo se produce un fenómeno de resonancia
            con el agua presente en los tejidos sino que también aparecen
            resonancias con las frecuencias propias de dichos tejidos. Puesto
            que nos encontramos con un fenómeno de resonancia basta con energías
            muy débiles para que el tejido se vea sensiblemente afectado por
            dicha señal exterior".

            ¿POR QUÉ NO ACTÚA LA INDUSTRIA?
            En suma, existen al menos dos dispositivos que disminuyen los
            efectos negativos que producen los teléfonos móviles: el Hilefarma
            -que evita en buena medida el calentamiento cerebral- y el
            Gamma-7-RT -que evita en buena medida su interferencia con las ondas
            cerebrales. ¿Por qué entonces la industria no incorpora de serie
            tales mecanismos en sus móviles? A fin de cuentas cuánto más tarde
            en asumir los efectos biológicos inducidos por la radiación de los
            móviles y las bases de difusión de las señales más probabilidades
            acumula en su contra para cuando en el futuro lleguen las demandas
            -¡que llegarán!- al igual que le ocurrió a la industria tabaquera.
            "La industria -nos diría el profesor Bardasano- se ha limitado a
            hacer unas pruebas mínimas sobre el efecto térmico para constatar
            que las microondas no te funden las neuronas. Pero son dos los
            efectos importantes que producen los móviles: los térmicos
            -producidos por las microondas- y los atérmicos - producidos todos
            por inducción electromagnética-. Esto se sabe desde Faraday. Es
            evidente que los campos electromagnéticos externos y nuestros campos
            electromagnéticos internos influyen unos en otros. Por tanto, es
            imprescindible investigar hasta qué punto pueden ser nocivos".
            Lo malo es que si la situación actual es ya grave se va a complicar
            aún más con la puesta en marcha de la nueva tecnología UMTS. Ante
            ella, los investigadores independientes no sólo se muestran muy
            cautos sino que avisan de que probablemente haya que desarrollar
            nuevos dispositivos protectores ante puesto que la señal es mucho
            más potente.
            "Nosotros hemos probado el Gamma-7-RT con los nuevos móviles UMTS
            -nos confesaría Ignacio Gutiérrez, uno de los miembros del equipo de
            Bardasano- y al hacer el electroencefalograma ni siquiera pudimos
            leer la gráfica. La contaminación que producen es tan grande que
            casi no ves ni las ondas cerebrales.
Todo lo que aparece es el campo
            del propio móvil. Es como si anulara la señal cerebral y lo único
            que captaran los electrodos de registro fuera la señal del móvil.
            Con los de tecnología GSM al menos puedes ver la señal de tu propio
            cerebro pero con los de tecnología UMTS ¡desaparecen! Es increíble,
            sólo aparece una señal borrosa. La contaminación es tan masiva y
            potente que se superpone y vence a la propia señal cerebral".

            ¿HASTA CUÁNDO LAS MENTIRAS?
            Que las radiaciones electromagnéticas de los teléfonos móviles al
            igual que las de las estaciones base necesarias para su
            funcionamiento -es decir, las antenas repetidoras- pueden perjudicar
            gravemente la salud lo hemos denunciado varias veces anteriormente
            (lea en nuestra web los artículos publicados al respecto en los
            números 36, 38 y 63). La industria se defiende alegando que cumple
            los criterios del ICNIRP (International Comission on Non-Ionizing
            Radiation Protection) -organismo dependiente de la Organización
            Mundial de la Salud- pero lo que nadie responde es que ese organismo
            ha sido acusado por numerosos investigadores independientes -cuyo
            número es cada vez mayor- de no ser objetivo y estar al servicio de
            los intereses de la industria. Especialmente porque sólo tienen en
            cuenta los efectos térmicos -aumento de temperatura en el cerebro- y
            no los efectos biológicos inducidos por los campos
            electromagnéticos. Mientras los estudios independientes sobre
            posibles daños cerebrales -cada vez más numerosos, especialmente
            entre poblaciones de riesgo como niños, mujeres embarazadas y
            personas enfermas con distintas patologías- siguen acumulándose. A
            pesar de lo cual la desproporción es obvia: ante los recursos
            billonarios que sostienen el negocio se opone la precariedad
            económica de la investigación independiente.
            ¿Y los consumidores? Es simple: guiados por la atracción de lo nuevo
            prefieren ignorar los riesgos y han convertido la telefonía móvil en
            ¡objeto de primera necesidad! Y las asociaciones de consumidores
            centran sus esfuerzos en explicarle a sus asociados cuáles son más
            económicos en lugar de averiguar si son peligrosos. Los gobiernos,
            por su parte, justifican su inacción alegando que se cumple la
            normativa internacional... aunque esté claro que tal normativa no
            sólo es claramente incompleta sino que se ha elaborado para
            beneficiar a la industria y protegerla aunque sea a costa de nuestra
            salud.
            La Unión Europea está preparando una nueva legislación merced a la
            cual va a exigirse a la industria química que antes de la puesta en
            el mercado de nuevas sustancias presente exhaustivos informes para
            conocer previamente los riesgos potenciales (lo que hasta ahora no
            se ha hecho y ha llevado a nuestra sociedad a un grado de
            contaminación absolutamente intolerable). Es decir, va a dejar en
            manos de la propia industria la responsabilidad de realizarlos
            porque a los estados les resulta inviable económicamente hacerlo. Lo
            que nos parecería correcto... si luego existiera algún centro
            internacional de referencia con capacidad para poder cotejar los
            datos resultantes y si la responsabilidad por falsearlos fuera tan
            gravosa que pudiera llevar a la empresa que así lo hiciera a la
            quiebra (lo que aseguraría que haría esos estudios con honestidad).
            Pues bien, otro tanto habría que exigir a las empresas de telefonía
            móvil. La iniciativa de los tres grandes grupos de nuestro país
            -Telefónica Móviles, Vodafone y Amena- con el apoyo de la patronal
            de electrónica AEPIC de que se cree una Agencia Española de
            Seguridad Radioeléctrica (AESI), centro público de carácter
            científico que haga las funciones de "organismo de referencia" en el
            campo de la exposición a las frecuencias radioeléctricas, nos parece
            bien... ¡si el coste lo sufragan ellas! Porque, ¿quién se beneficia
            de este negocio? Pues que quienes se benefician asuman los costes de
            demostrar que sus productos son seguros y no representan un peligro
            para la salud. En suma, esa agencia debería financiarla la
            industria... pero sin tener control alguno sobre su gestión.
            "Hay que hacer aún muchos estudios -nos diría José Luis Bardasano-.
            Porque en el ámbito de la salud ambiental debería primar también una
            máxima: 'In dubio, contra reo' (en caso de duda, a favor del reo).
            Siendo el reo en este caso lo que inventa el hombre. Para prevenir
            la salud y la seguridad e higiene en el trabajo en todos aquellos
            sitios donde vaya a haber contaminación electromagnética lo primero
            es que plantear que el que inventa, el que pone en marcha nuevas
            tecnologías, sea considerado a priori presunto ´culpable` y, por
            tanto, el encargado de demostrar que con su actividad no va a causar
            ningún tipo de daño a la salud. Es muy difícil aportar pruebas en
            uno u otro sentido y por eso, en caso de duda, deben ser ellos los
            que demuestren que no hace daño".

            MÁS QUE "INDICIOS"
            Cualquier investigador tardaría hoy meses en examinar los estudios
            ya existentes -en una u otra dirección- sobre los efectos de la
            telefonía móvil. Sin embargo, el problema real -como quedó
            demostrado en la Internacional Conference Mobile Comunnication and
            Health: medical, biological and social problems celebrada en Moscú
            en Septiembre del año pasado- es que existe un auténtico divorcio a
            la hora de analizar la realidad. La Organización Mundial de la Salud
            (OMS), su agencia la ICNIRP (International Comission on Non-Ionizing
            Radiation Protection) y los gobiernos occidentales no admiten que
            puedan existir más problemas que los térmicos. Por el contrario,
            otros países -especialmente Rusia- y numerosos investigadores
            independientes exigen estándares mucho más restrictivos por
            considerar evidentes los daños biológicos. "Los efectos térmicos
            para establecer criterios o estándares no son un acercamiento
            conveniente", reconoció el doctor Yuri Grigoriev, Vicepresidente de
            la Academia de Ciencias Rusa. "Por primera vez en la historia de los
            seres humanos -añadio Grigoriev- tenemos campos electromagnéticos
            actuando sobre el cerebro humano desde los teléfonos móviles que no
            puede compararse a otras fuentes (...) Y existen serias
            discrepancias con la OMS y el ICNIRP respecto a si, a largo plazo,
            la exposición a los campos electromagnéticos de los móviles pueden
            provocar o no cambios orgánicos".
            Para los rusos y los chinos no hay duda. Cerca de una docena de
            estudios realizados entre 1975 y 1986 constataron un significativo
            deterioro del sistema inmune y de los tejidos del cerebro así como
            daños en los fetos de ratas tras exponerlas a ondas microondas a
            niveles de 50 a 500 µW/cm2, (microvatios).
Hay que decir que la
            ICNIRP recomienda como límites de densidad de flujo de potencia 450
            µW/cm2 para radiaciones continuadas de 900 MHz y 900 µW/cm2 para la
            de 1.800 MHz. Pues bien, los niveles recomendados en la sentencia
            más favorable a las tesis de los "rebeldes" es la de Frankfurt con
            0,001 µW/cm2.
            Un estudio francés dirigido por el investigador Bernard Veyret va a
            tratar ahora de confirmar o desmentir los resultados de los rusos. Y
            es que Veyret considera que los métodos rusos han sido superados por
            la tecnología occidental así como sus resultados. Para muchos
            científicos, sin embargo, su condición de miembro del ICNIRP y el
            hecho de que antes de empezar ya haya menospreciado los estudios
            rusos convierten su intervención en poco fiable.
            En todo caso, mientras la comunidad científica espera para saber si
            se realiza o no el estudio no dejan de surgir preocupantes y
            vergonzosas noticias. Es el caso de la decisión de no continuar con
            el proyecto europeo Reflex -desarrollado por 12 equipos de
            investigadores de 7 países europeos, entre ellos España- cuyo fin
            era analizar los efectos de los campos electromagnéticos. Una
            decisión que se produce precisamente tras llegar a la conclusión de
            que las radiaciones de los teléfonos móviles por debajo de los
            límites que se consideran inocuos ¡provocan modificaciones celulares
            y en el ADN! aunque en esta fase del estudio no hayan podido
            concluir que sean nocivas. "Los resultados -dice el estudio- indican
            que los campos electromagnéticos pueden activar varios grupos de
            genes que juegan un papel en la división celular, proliferación
            celular y diferenciación de las células. En la actualidad la
            relevancia biológica de estos resultados no puede evaluarse".
La
            directora del equipo español, Ángeles Trillo, explicó que un estudio
            de la trascendencia de éste que, a pesar de los resultados, "está en
            pañales" no tendrá continuación porque su financiador - la Comisión
            Europea- así lo ha decidido
. "No está claro -subrayó- el por qué. La
            Unión Europea establece sus prioridades pero hay muchos factores
            implicados y cómo no se va a pensar que hay presiones para que estos
            estudios no sigan porque podrían crear una alarma social muy
            grande...".
            Otro investigador español del proyecto, Alejandro Úbeda, explicaría
            que el estudio determina efectivamente que existen cambios en las
            células pero que desconocen cuál es el mecanismo que pone en marcha
            el proceso lo que de momento ya no van a poder averiguar. "Lo que me
            parece raro -resaltó al respecto- es que después de encontrar esos
            resultados, que aunque no son de nocividad demuestran que hay un
            efecto por debajo de los límites que se consideran tolerables, no se
            profundice en ellos, se cierre la carpeta y no se financie su
            continuación".
            Ante la falta de explicaciones convincentes sobre esta decisión es
            inevitable asociar el Proyecto Reflex con el realizado en el 2003
            por L. G. Salford y otros titulado Nerve cell damage in mammalian
            brain after exposure to microwaves from GSM mobile phones cuyas
            conclusiones no pueden ser más claras: "Tras exponer a tres grupos
            de ratas durante 2 horas a un teléfono móvil GSM con campos
            electromagnéticos de fuerzas diferentes -se afirma en el trabajo-
            encontramos -y lo presentamos aquí por primera vez- evidencia muy
            significativa de daño neuronal en la corteza, el hipocampo y los
            ganglios de los cerebros".
            Ahora el estudio realizado por el equipo de Bardasano en la
            Universidad de Alcalá de Henares -con independencia de que su
            objetivo inicial fuera evaluar las posibilidades de un dispositivo
            neutralizador de radiaciones- corrobora en seres humanos que los
            ritmos cerebrales se alteran tras ser expuestos a las radiaciones de
            los teléfonos móviles . "Se aprecia claramente -nos diría Ignacio
            Gutiérrez- cómo los ritmos se desestructuran y cambian. Luego
            realizas la misma medición con el móvil y el dispositivo adherido, y
            puede apreciarse que los ritmos son iguales que cuando se realizó el
            primer electro en estado normal y sin móvil. Sin embargo, al colocar
            el dispositivo no se desestructuran ya los ritmos cerebrales. Para
            nosotros es obvio que esa desestructuración puede tener a largo
            plazo efectos patológicos, sobre todo en los niños. Como en ellos el
            cerebro está madurando, provocar unos ritmos que no son los suyos
            naturales no puede ser bueno a la larga. Por eso en Inglaterra se
            han prohibido ya los móviles a los menores de 8 años. Algo que
            deberíamos tener en cuenta ahora que con las comuniones los
            teléfonos se convertirán en el regalo estrella".

            SUMA Y SIGUE
            Efectivamente, el Grupo Nacional de Protección Radiológica del Reino
            Unido (NRPB) -un grupo de expertos nombrados por el Ministerio de
            Sanidad británico- presentó a primeros de año un informe en el que
            se recomienda minimizar el uso del teléfono móvil por los niños, en
            especial los menores de ocho años. Posteriormente el Ministerio de
            Educación británico también ha prohibido el uso de los teléfonos
            móviles pero a los menores de 16 años pues muchos alumnos muestran
            incremento de estrés, insomnio, ansiedad e hiperactividad por el
            abuso del móvil
. Y temen además que la radiación electromagnética
            sobre el cerebro pueda afectar a los resultados académicos ya que
            altera la memoria, la atención y la capacidad de concentración.

            "La principal conclusión -destaca ese estudio- es que en el momento
            actual no hay evidencias sólidas de que la salud del público en
            general esté viéndose afectada por el uso de la tecnología de los
            teléfonos móviles pero persisten dudas y se recomienda un enfoque
            preventivo continuado mientras la situación se aclara". También
            recomienda "que se preste una especial atención a la mejor forma de
            minimizar la exposición (al móvil) de los subgrupos potencialmente
            vulnerables -como los niños- y que se considere la posibilidad de
            que pueda haber otros subgrupos especialmente sensibles a las ondas
            de radio". El presidente del Grupo Nacional de Protección
            Radiológica del Reino Unido, William Steward, confesaría sin más en
            Londres: "No creo que podamos decir, con la mano en el corazón, que
            los teléfonos móviles son totalmente seguros".
            En suma, han pasado cuatro años y se repiten las mismas conclusiones
            que aparecían ya en el informe de marzo de 2001 realizado por
            encargo del Parlamento Europeo y titulado "Los efectos fisiológicos
            y medioambientales de la radiación electromagnética no ionizante".
            Porque en él se desaconsejaba "enérgicamente que los niños (sobre
            todo los adolescentes) utilicen de forma prolongada y sin necesidad
            teléfonos móviles por su creciente vulnerabilidad a efectos
            perjudiciales para la salud". El informe agregaba que "la industria
            de la telefonía móvil debería evitar fomentar el uso prolongado de
            teléfonos móviles por parte de los niños utilizando tácticas
            publicitarias que explotan la presión de los compañeros y otras
            estrategias a las que los jóvenes son susceptibles".

            LLUEVE SOBRE MOJADO
            El investigador neozelandés Neil Cherry ya había manifestado de
            forma tajante en su informe "La radiación electromagnética de bajo
            nivel" (como la de los móviles) -estudio efectuado también a
            petición del Parlamento Europeo (junio de 2000)- que "el móvil es
            perjudicial para el cerebro, corazón, feto, hormonas y células (...)
            A través de resonancias con los cuerpos y las células, la radiación
            interfiere en la comunicación intercelular, su crecimiento y
            regulación, y está dañando la base genética de la vida
".
            Sus investigaciones encontraron efectos biológicos, con alteración
            del electroencefalograma, a partir de sólo 0,01µW/cm2. "La
            conclusión de mi investigación -afirmaría Cherry- es que la
            radiación electromagnética es perjudicial para el cerebro, el
            corazón, las hormonas, las células y los fetos. Por tanto, supone
            una amenaza para la vida inteligente
". Datos que, por otra parte,
            coinciden con las investigaciones del doctor alemán Lebrecht Von
            Klitzing quien, como especialista en Física Médica, situó ya en 1998
            los umbrales de prevención entre 1 y 10 nanoWatios/cm2
            (0,001-0,01µW/cm2).
            De la misma opinión es el biofísico Gerard J. Hyland quien en 1999
            emitió un "Memorando sobre teléfonos móviles y salud" en el que
            advertía que las normas establecidas no consideran todos los
            posibles efectos nocivos para la salud al no tener en cuenta el
            hecho de que los organismos vivos pueden responder a intensidades
            muy por debajo de los límites marcados por las mismas. "Es
            totalmente irrazonable -escribía Hyland- suponer que nuestro cerebro
            es inmune a esta agresión electromagnética cuando, por otro lado, se
            recalca repetidamente la prohibición de usar teléfonos móviles en
            los aviones bajo el argumento de que sus señales pueden interferir
            su sistema de control
". Y agregaba: "Las normas de seguridad
            existentes no protegen ni pueden proteger contra cualesquiera
            efectos nocivos para la salud que puedan estar ligados
            específicamente con la naturaleza ondulatoria de la radiación. Las
            habituales normas de seguridad no toman en consideración el estado
            viviente del organismo irradiado. Por consiguiente, la filosofía
            dominante debe ser considerada como fundamentalmente errónea".
            La aportación española a la controversia ha sido amplia (ver
            Discovery nº 63), con trabajos tan importantes como los del doctor
            Bardasano sobre la influencia negativa de los efectos de los campos
            electromagnéticos sobre la glándula pineal. O los del doctor Claudio
            Gómez Perreta -jefe de sección en el Hospital Universitario La Fe de
            Valencia y miembro del Consejo Asesor de Discovery DSALUD- quien ha
            escrito: "De acuerdo con la literatura científica actual es difícil
            establecer un nivel de inocuidad y, por tanto, las recomendaciones
            de la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea deben de ser
            reconsideradas a la vista de las decenas de trabajos que describen
            daño celular asociado a los efectos no térmicos implícitos en la
            exposición a estas radiofrecuencias". También podemos destacar los
            estudios conjuntos de Perreta con Manuel Portolés, Enrique Navarro y
            Joaquín Navasquillo: " Los resultados (de los efectos de los campos
            electromagnéticos vinculados a la telefonía móvil) -afirman-
            incluyen desde roturas en el ADN y presencia de aberraciones
            cromosómicas a incrementos en la actividad oncogénica, reducción de
            la secreción de la melatonina, alteración de la actividad cerebral y
            presión sanguínea e incremento del cáncer de cerebro
".
            Y no olvidemos la conocida "Declaración de Alcalá" del año 2001
            firmada por varios investigadores españoles entre los que se
            encontraba María Jesús Aranza, catedrática de Magnetobiología en
            Zaragoza, que decía refiriéndose a los límites admitidos: "si los
            estudios científicos y normativas de otros países, aplicando el
            principio de cautela, establecen niveles de protección 0'1 µW/cm2 o
            incluso inferiores es una grave negligencia que nuestra población
            esté expuesta a niveles que pueden llegar hasta 450 ó 900 µW/cm2
            esperando a que la evidencia establezca plenamente los efectos
            nocivos de los campos electromagnéticos débiles en exposiciones a
            largo plazo".
            Y es que, ¿cuántos trabajos constituyen "evidencia"? ¿Y qué
            instituciones son las llamadas a pontificar sobre lo "evidente"? Lo
            que sí es cada vez más evidente es que empezamos a vivir una
            situación similar a la creada por el consumo del tabaco y su
            relación con el cáncer. Ayer enaltecido, publicitado, promovido
            socialmente, fuente de fortunas millonarias y de ingresos para el
            estado; hoy contra las cuerdas a la vista de sus destructivos
            efectos ya por nadie discutidos. Si la historia es cíclica, una vez
            más vuelve a enfrentar al ser humano con sus ambiciones,
            limitaciones y egoísmos para saber si también esta vez se
            antepondrán los intereses económicos de unos pocos a la salud de la
            mayoría. Quizás por eso recordar lo ocurrido con el tabaco nos
            permita vislumbrar qué intentan hacer algunos o por dónde puede
            caminar el futuro.

            EL TABACO Y LA TÁCTICA DEL OCULTAMIENTO
            Pocos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial empezaron
            ya a publicarse estudios científicos que encontraban una cierta
            relación estadística entre el consumo del tabaco y determinados
            tipos de cáncer. Como resultado de ello -entre 1950 y 1965- se
            produjo lo que Pablo Salvador y Juan Antonio Ruiz denominan en el
            trabajo titulado "El pleito del tabaco en Estados Unidos y la
            responsabilidad civil" la primera de las tres oleadas de demandas
            contra la industria tabaquera. Se presentaron casi 150 demandas de
            particulares pero sólo diez llegaron a juicio y en todos los casos
            los jurados dictaron veredictos favorables a la industria. Los
            demandantes, perjudicados por el tabaco, basaban sus reclamaciones
            en "la negligencia de la industria demandada en cada caso, en fraude
            o engaño y en vicios ocultos o teorías de garantía." Las compañías
            demandadas, por su parte, se defendieron alegando la
            imprevisibilidad de los daños, la falta de evidencias y la asunción
            voluntaria del riesgo por parte de los fumadores. "Rechazaron toda
            posibilidad de transacción -afirman los autores del estudio- y
            adoptaron estrategias procesales muy sofisticadas y cuyo coste
            superaba los recursos disponibles para los demandantes individuales
            y sus abogados". Los pleitos fueron ganados una y otra vez por la
            industria con razonamientos. "El fabricante debe proteger contra
            riesgos previsibles pero no contra los riesgos desconocidos o contra
            efectos dañinos que no pueden permitirse el lujo de prever" -se
            puede leer en alguna de las sentencias- o "los fumadores que
            empezaron a fumar antes del gran debate sobre el cáncer y el tabaco
            no pueden confiar en la 'garantía' de las compañías tabaqueras de
            que sus cigarros no tenían ningún elemento carcinogénico; el
            fabricante no puede asegurar contra lo desconocido".
            La segunda etapa se inició a partir de 1983, una vez aparecieron
            nuevos estudios que apuntaban al tabaco como causante de numerosos
            cánceres. La industria tabaquera mantuvo su táctica de destinar
            ingentes recursos humanos y materiales a su defensa.. "La postura
            agresiva que hemos tomado con respecto a las demandas y nuevos
            descubrimientos -reconocería Michael Jordan, uno de los abogados de
            la industria, según se recuerda en el artículo citado- continúa
            haciendo estos casos sumamente largos y caros para los abogados de
            los demandantes, sobre todo para aquellos que se presentan
            individualmente. Parafraseando al general Patton, la manera en que
            nosotros ganamos estos casos no fue gastando todo nuestro dinero
            sino haciendo a ese otro hijo de perra gastarse el suyo".
            Las tabaqueras comenzaron además a dar un papel cada vez más
            importante a sus propias investigaciones, realizadas a través del
            Council on Tobacco Research que le permitían de forma sistemática
            negar la relación entre tabaco y cáncer. Cuarenta años después
            seguían ganando los pleitos.
            Sería sólo a partir de 1994 -como explican Salvador y Ruiz en su
            estudio- cuando las cosas comenzaron a torcerse para la industria.
            La evidencia científica resultó ya imparable y la Administración
            pensó que denunciar a las tabaqueras era una buen forma de
            resarcirse los gastos sanitarios consecuencia del tratamiento de
            enfermedades relacionadas con el consumo del tabaco pero, sobre
            todo, comenzaron a aparecer documentos internos de la industria que
            apuntaban directamente a su culpabilidad. Los primeros llegaron a
            manos de los demandantes el 12 de mayo de 1994. Una caja con 4.000
            páginas de documentos de muy distinta índole le fue enviada de forma
            anónima al profesor Stanton Glatz, catedrático de Medicina de la
            University of California at San Francisco. Papeles que permitirían
            fundamentar reclamaciones por fraude y concierto doloso por parte de
            la industria tabaquera con el fin de ocultar información sobre las
            consecuencias del consumo de tabaco. Según Glantz, las compañías
            tabaqueras conocían los riesgos para la salud derivados del consumo
            de tabaco ¡desde principios de los años cincuenta!.
            Según esos documentos internos la primera manifestación dentro de la
            industria tabaquera que sugiere una relación entre el hábito de
            fumar y el cáncer la habría realizado el 29 de julio de 1946 Harris
            B. Parmele, químico de Lorillard, quien envió una carta al
            secretario del comité de fabricación de su empresa en la que
            afirmaba que científicos y autoridades empezaban a sostener que el
            consumo de tabaco contribuía al desarrollo de cáncer en determinadas
            personas y que era necesario investigar en esa línea. El 23 de mayo
            de 1994, dos semanas después de la divulgación de los documentos,
            veintidós fiscales generales de otros tantos estados entablaron
            pleitos en los que exigían el reembolso de los gastos médicos
            derivados del tratamiento de enfermedades presuntamente relacionadas
            con el consumo del tabaco. Tres años después, el 20 de marzo de
            1997, una de las compañías de la industria demandada -Liggett &
            Myers Corporation (después Liggett & Myers)- modificó la estrategia
            tradicional de rechazar acuerdos y acordó transigir con los estados
            demandantes. En el acuerdo, a cambio de una carga financiera
            comparativamente ligera, Liggett & Myers reconoció al tabaco como
            causante de algunos daños y entregó documentos internos sobre el
            modo de actuar de la industria.
            El primer veredicto favorable a un demandante individual -si bien
            por un tema de amianto en el filtro de un cigarrillo- fue dictado en
            septiembre de 1995 por un jurado de San Francisco en el caso de
            Horowitz contra Lorillard Tobacco Co. Desde Horowitz, varios jurados
            se han pronunciado a favor de las pretensiones de los demandantes y
            han emitido veredictos en los que se condenó a las compañías
            tabaqueras a pagar indemnizaciones compensatorias y punitivas.
            Llegarían después veredictos condenatorios dictados por los jurados
            norteamericanos en los años 2000 y 2001 con indemnizaciones
            supermillonarias: 145.000 millones de dólares -Engle contra. R.J.
            Reynolds Tobacco Co- y 3.000 millones de dólares -Richard Boeken
            contra Philip Morris, Inc.-, recurridos en apelación; acuerdos con
            la industria para sufragar gastos sanitarios; cambios de
            normativa...; pero, sobre todo, un cambio en la mentalidad de la
            sociedad que ha pasado a entender que durante décadas había sido
            engañada.
            Sin embargo, y a pesar de todo, 54 años después estados como el
            nuestro siguen ingresando cientos de millones de euros con el tabaco
            y la lista de cánceres consecuencia del hábito de fumar entre
            fumadores activos y pasivos sigue aumentando.

            LA HISTORIA SE REPITE. AHORA, CON LOS MÓVILES
            Como podemos observar el proceso iniciado con la telefonía móvil es
            muy similar. En 1992 se produce la primera denuncia contra la
            industria telefónica y no lo hace un ciudadano cualquiera. Sería un
            neurocirujano norteamericano, David Reynard, quien presentó una
            demanda en un tribunal de Florida sosteniendo que el uso de un
            teléfono móvil había sido el responsable del cáncer que acabó con la
            vida de su esposa, quien había desarrollado un tumor detrás de la
            oreja derecha, donde siempre sostenía el teléfono. Tres años después
            la demanda fue desestimada por falta de "pruebas científicas". Así
            se empezó también, como acabamos de ver, con el tabaco.
            El rotativo británico The Express se hizo eco en agosto de 1997 de
            las denuncias de alrededor de un centenar de ingenieros de British
            Telecom (BT) que advertían de que los teléfonos móviles provocan
            serios problemas de salud. Dos años después, Steve Corney, que
            trabajó durante diez años como ingeniero de BT, anunció una demanda
            contra la empresa aludiendo que el uso prolongado de teléfonos
            móviles le provocó daños en el cerebro. Una vez más el denunciante
            tuvo que abandonar el caso por falta de "evidencias científicas" que
            asociasen su enfermedad al uso de teléfonos móviles.
            En agosto de 2000 un neurólogo de Baltimore (Maryland, EEUU),
            Christopher Newman, formalizó una demanda contra siete empresas de
            la industria de la telefonía móvil, la Asociación de la Industria de
            Telecomunicaciones Móviles (CTIA) y la Asociación de la Industria de
            Telecomunicaciones. El doctor Newman reclamaba una indemnización de
            800 millones de dólares (929,64 millones de euros) asegurando que el
            tumor cerebral detrás de la oreja derecha que le diagnosticaron en
            1998 le fue provocado por los teléfonos móviles que venía usando de
            forma frecuente cada día desde 1992. La abogada de Newman está
            siendo ayudada en su demanda por el abogado Peter G. Angelos, quien
            logró que el estado de Maryland ganase su litigio contra la
            industria tabaquera teniendo que pagar 4.200 millones de dólares
            (unos 4.881 millones de euros).
            A comienzos del 2001 Angelos demandó a veinticinco de las
            principales empresas de la industria de la telefonía móvil
            acusándolas de poner en el mercado su tecnología a sabiendas de que
            emite radiaciones peligrosas para sus usuarios. El abogado alega que
            existen vínculos constatados entre el uso de los teléfonos móviles y
            el aumento de riesgos para la salud, incluyendo daños en funciones
            básicas cerebrales, irregularidades genéticas y un aumento en la
            vulnerabilidad a toxinas e infecciones. En unas declaraciones
            posteriores Gordon explicaría que los casos anteriores no
            prosperaron porque "no estaban lo suficientemente documentados".
            "Estos litigios -explicó- son muy costosos, muy largos y las grandes
            corporaciones tienen mucho dinero y firmas de abogados de miles de
            personas. Se trata, sin duda alguna, de una lucha como la de David
            contra Goliat". Aunque lo más intranquilizador de la entrevista fue
            leer su convencimiento de que "vamos a tener una epidemia de casos
            dentro de unos años".
            En Europa, en cambio, han prosperado ya varias demandas contra
            empresas de telefonía móvil relacionadas con los posibles daños de
            las antenas repetidoras. La resolución más significativa quizás haya
            sido la de la Audiencia de Frankfurt (Alemania) en septiembre del
            2000 que dictó una sentencia de carácter preventivo por la que
            prohibió "con efectos inmediatos" a la compañía operadora -De
            TeMobil Deutsche Telekom MobilNet GmbH- el funcionamiento de una
            antena instalada en el campanario de la Comunidad Evangélica de
            Oberursel por motivos de salud. La sentencia señala que los treinta
            y ocho demandantes demostraron que "la instalación montada por la
            demandada (...) emite radiaciones pulsantes de alta frecuencia que
            representan un serio peligro para la salud de los demandantes".
            Tomando como referencia investigaciones realizadas por el doctor
            Lebrecht von Klitzing y las advertencias del SSK -organismo alemán
            para la protección contra radiaciones- la Audiencia consideró poco
            segura la normativa alemana que regula las emisiones de estas
            antenas, basada esencialmente en las recomendaciones de los
            organismos internacionales de estandarización del ICNIRP. Por
            supuesto, hay más casos en los tribunales pero de momento no los
            suficientes para provocar cambios realmente significativos en las
            legislaciones. Estamos en las primeras etapas de una larga lucha.
            Poco a poco, año a año, a medida que se vayan conociendo nuevos
            trabajos se irá demostrando que los efectos negativos denunciados
            durante la última década eran reales y con ello probablemente se
            abrirá la caja de Pandora de las demandas. Es muy probable que, como
            en su momento hicieron los dirigentes de las industrias tabaqueras,
            los actuales responsables de las industrias de telefonía móvil hayan
            pensado que lo mejor es dejar pasar el tiempo, dar largas, recoger
            beneficios y esperar a que sean los directivos del futuro los que
            asuman las posibles indemnizaciones. Eso sí... mientras puedan
            seguir escudándose en la ignorancia. Sólo que deberían tener en
            cuenta lo que se dice en la "Declaración de Alcalá" ya citada:
            "Anular las voces discrepantes no nos acerca a la verdad, sólo la
            oculta por un tiempo limitado".
            Hasta que la verdad se abra paso, pues, nuestro cerebro seguirá
            siendo atacado por las radiaciones de los móviles y el marketing que
            los sustenta. La esperanza, por el momento, sigue estando en la
            investigación independiente. Y eso al final depende de los fondos.
            "Si la industria de la telefonía móvil apoyara la búsqueda de
            métodos para evitar los efectos negativos de la radiaciones
            electromagnéticas -nos comentaría José Luis Bardasano -se podrían
            conseguir muchas cosas. Y si la Administración cumpliera con su
            misión de vigilar buscaría fondos para que se pueda investigar de
            forma seria e independiente".
            Mientras siga nuestro consejo: use el móvil sólo cuando sea
            estrictamente necesario. Y, por supuesto, no lo lleve encima
            encendido. Se puede estar jugando la salud y hasta la vida.


            Antonio F. Muro
            Más información sobre el Gamma-7-RT en el 626 30 72 59

 


            Los móviles manos libres no evitan accidentes de tráfico
            Los teléfonos móviles "manos libres" no aportan más seguridad a la
            conducción. Así lo indican varios estudios que se publican en el
            último número de Human Factor: The Journal of the Human Factors and
            Ergonomics Society. Trabajos como los de McPhere, Scialfa, Dennis,
            Ho y Carid coinciden en que hablar por un teléfono móvil introduce
            un grado de distracción en el conductor que le lleva a cambiar su
            forma de ver el mundo provocando que pierda informaciones visuales
            importantes como las de los semáforos. Otro estudio, el de Horrey y
            Wickens, subraya que es menos peligroso para los conductores leer en
            una pantalla que recibir la misma información únicamente por vía
            auditiva. Por último, Monk, Boehm-Davis y Trafton recuerdan que
            atender una llamada telefónica a través del manos libres cuando se
            está realizando simultáneamente una maniobra complicada -como la
            incorporación a una autopista- aumenta mucho la situación de peligro
            para el conductor.
             

 

            Otras soluciones para disminuir el peligro de las radiaciones
            Existen otras formas de minimizar los efectos de la radiación de la
            telefonía móvil. A las citadas a lo largo del artículo se une la
            utilización de pequeños repetidores domésticos de muy baja potencia
            y la instalación en el móvil -de forma similar a los ya citados- de
            otro tipo de dispositivos antirradiación compuestos por una malla
            metálica de oro, níquel, aluminio y cobre.
            Para comprender el uso de los repetidores es necesario conocer antes
            cómo funcionan las redes de telefonía móvil y tener claro que es
            potencialmente más dañina la radiación cercana del terminal
            telefónico que la radiación lejana de la antena del operador. Los
            teléfonos móviles y las antenas se ajustan de forma variable a la
            potencia mínima necesaria de trabajo entre ambas. En situaciones de
            buena cobertura la radiación emitida por ambos se minimiza. En casos
            de cobertura media o baja ambos elementos operan a la máxima
            potencia. En esta situación el teléfono nos irradia con una potencia
            de hasta 2 watios. La colocación de un repetidor doméstico (equipo
            de 20 miliwatios, es decir 0,02 watios) que además es válido para
            varios teléfonos permite obtener una señal clara pero de tan sólo
            miliwatios de potencia. La reducción de la potencia es, por tanto,
            considerable. Como valor añadido puede decirse que la duración de
            las baterías es mayor al necesitar mucha menos potencia de emisión.
            En el caso de la malla textil el dispositivo que se adhiere al móvil
            está compuesto por una malla de oro, níquel, aluminio y cobre en
            proporciones muy precisas. Basándose en las características de los
            metales de absorción o bloqueo de las radiaciones protege el cerebro
            del usuario sin perder por ello calidad la audición. Está diseñado
            para proteger el oído, la parte más vulnerable a la penetración de
            las radiaciones comunicada directamente con el cerebro.
            Más información en www.bnature.com.

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Por Nelson 22 - 26 de Mayo, 2007, 6:25, Categoría: General
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