T E N D E N C I A S
Nos conviene un menú
cada vez más
vegetariano
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Jeremy Rifkin.
ECONOMISTA NORTEAMERICANO.
Aunque hay creciente preocupación por los cientos de
millones de automóviles, ómnibus, camiones, aviones y
trenes que escupen dióxido de carbono a la atmósfera,
calentando el planeta y amenazando con un cambio
fundamental en el clima de la Tierra, se pasa por alto
una fuente aún más solapada de gases que producen
calentamiento global.
Quizá el lector se sorprenda al enterarse de que la carne
que ponemos sobre nuestra mesa es ahora la culpable
número uno del cambio climático mundial.
Según un nuevo informe elaborado por la Organización
de Alimentos y Agricultura de las Naciones Unidas
(FAO), el ganado genera el 18 % de las emisiones de
gases de efecto invernadero.
Este porcentaje no sólo abarca el transporte. Aunque el
ganado —sobre todo el vacuno— produce el 9 % del
dióxido de carbono derivado de la actividad relacionada
con el hombre, genera una proporción mucho mayor de
nocivos gases de efecto invernadero.
El ganado origina el 65 % de las emisiones de óxido nitroso relacionadas con el hombre.
El óxido nitroso tiene casi 300 veces el efecto de
calentamiento global del dióxido de carbono.
La mayoría de las emisiones de óxido nitroso provienen
del estiércol. El ganado también emite el 37 % de todo
el metano inducido por el hombre —gas que tiene 23
veces más impacto que el dióxido de carbono en el
calentamiento terrestre.
Actualmente, el ganado ocupa el 26 % de la superficie
terrestre libre de hielo. Más de un tercio de la
tierra cultivable del mundo se utiliza para producir
granos forrajeros para animales en lugar de granos
alimentarios para los seres humanos.
Tradicionalmente, el ganado se alimentaba en las
tierras de pastoreo. Fue recién en el siglo XX cuando
empezamos a convertir vastas extensiones de tierra
cultivable que producían granos alimentarios en
tierras de producción de forraje para que los
consumidores más acaudalados pudieran comer carne de
animales alimentados con él.
Al haber más tierras dedicadas al cultivo de forraje,
millones de los seres humanos más pobres del mundo
han sido relegados a tierras más marginales o desarraigados
por completo, lo que les dificulta cada vez más mantener una ingesta calórica diaria siquiera modesta.
El ganado vacuno por sí solo literalmente está
devorando ecosistemas enteros. Gran parte de las
selvas tropicales que aún existen en lugares como el
Amazonas está siendo talada para hacer lugar a las
tierras de pastoreo. Al mismo tiempo, la tierra
cultivable de todo el mundo se erosiona debido a la
tala excesiva, y el agua dulce que queda en el mundo
se contamina con los desechos animales y los
pesticidas.
En el futuro, el problema se agravará. La FAO calcula
que la producción mundial de carne se habrá duplicado
en 2050, con consecuencias potencialmente
catastróficas para la biosfera del planeta.
La FAO también enumera correctivos que incluyen
métodos de conservación del suelo más eficaces,
mejoramiento de la dieta animal para reducir las
emisiones de metano y elevar la eficiencia de los
sistemas de irrigación.
Las soluciones de la FAO parecen casi risibles porque
no abordan la cuestión central. El problema es que hay
más seres humanos que se alimentan en un punto más
alto de la cadena alimenticia de la Tierra, con dietas
muy centradas en la carne, a expensas del bienestar
del planeta.
¿Por qué entonces en el estudio sólo se alude
tangencialmente a una dieta más vegetariana y no
se formulan recomendaciones para reducir el consumo
de carne?
Quizá la razón sea que la industria mundial de la
ganadería es el sector de más rápido crecimiento de la
agricultura mundial.
Da empleo a 1.300 millones de personas y representa el
40 por ciento de la producción agrícola mundial.
La industria ganadera emplea el equivalente a casi
cuatro litros de nafta para producir medio kilo de
carne vacuna engordada a corral en los Estados Unidos.
Para satisfacer los requerimientos anuales de carne
vacuna de una familia tipo -aproximadamente 120 kilos-
se debe consumir unos mil litros de combustibles
fósiles.
Cuando ese combustible se quema, libera más
de 2,5 toneladas de dióxido de carbono adicional hacia
la atmósfera —tanto dióxido de carbono como el que
emite un auto promedio en seis meses de uso normal—.
Naturalmente, la reacción inmediata al más mínimo
reclamo de reducción del consumo de carne en la dieta
es que los seres humanos son carnívoros y necesitan
carne para mantenerse sanos. No es cierto. Los Homo
sapiens somos omnívoros.
Como nuestros parientes más cercanos, los chimpancés,
hemos evolucionado para basar nuestra alimentación en
frutas frescas y verduras con un consumo de carne sólo
ocasional.
Aunque la carne es parte de la dieta, hasta el siglo
XX era más un condimento que un plato principal.
¿Pero acaso no necesitamos la proteína adicional que
contiene la carne para llevar una vida sana?
En realidad, el estadounidense promedio ya consume
mucha más proteína de la que puede absorber el cuerpo.
Una dieta balanceada y basada en vegetales fácilmente
puede proporcionar toda la proteína que necesita una
persona para mantenerse sana.
Copyright Clarín y Jeremy Rifkin, 2007.